A la vez, las celebrities reciben ese calorcito. Lo necesitan. La validación la encuentran entre sus followers. De hecho, vivimos en la era donde la felicidad se confunde con productividad. Las redes sociales se han convertido en un espejo en el que no queremos perdernos nada de lo que nos han dicho que es ‘vivir la vida’. Menos aún en julio y agosto. Y, mientras tanto, todo aquel que está en redes sociales ha interiorizado que aquello que no se comparte, no existe. También las propias celebridades. Si antes el éxito estaba en lograr esquivar a los fotógrafos y recuperar el privilegio del anonimato perdido en vacaciones, ahora triunfar significa generar también contenido en los días de verano.

Y ahí es donde empieza una particular versión rosa del Cluedo que representa nuestro nuestro tiempo e incluso nuestro periodismo: asistimos a la actualidad, sea del tipo que sea, cual reality show que consumimos parapetados detrás de la pantalla. Queremos historias de amor como siempre, pero no hace falta salir a buscarlas. Ni siquiera que nos las cuenten otros de pluma afilada como antes: nuestros ojos las encuentran hechas a medidas en aquellos que seguimos en las redes sociales y que no pueden parar de publicar su existencia con sus filtros belleza, con sus sonrisas impostadas, con su sobreactuar todo el rato ‘qué feliz soy’ para que no dejen de mirarte y, así, no dejar de sentirte cumpliendo las expectativas de aquello que nos han insistido que es exprimir la cresta de la vida.