Medio siglo de paz en el Sudeste Asiático, a prueba por Myanmar y la nueva Guerra Fría entre China y EEUU

El Tratado de Amistad y Cooperación en el Sudeste Asiático cumple en 2026 medio siglo convertido en una de las bases políticas de la estabilidad regional. Firmado en Bali el 24 de febrero de 1976, el acuerdo estableció el respeto a la soberanía, la no intervención en los asuntos internos, la renuncia al uso de la fuerza y la resolución pacífica de las disputas. Sus principios ayudaron a reducir la confrontación entre gobiernos que arrastraban diferencias territoriales, políticas e ideológicas, pero afrontan ahora una prueba que sus promotores difícilmente podían prever.

La guerra de Myanmar, iniciada tras el golpe de Estado militar del 1 de febrero de 2021, ha mostrado la limitada capacidad de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático, la ASEAN, para actuar cuando uno de sus integrantes incumple los compromisos políticos del bloque. Al mismo tiempo, la competencia entre China y Estados Unidos ha convertido el Sudeste Asiático en una de las principales áreas de disputa del nuevo equilibrio internacional.

El aniversario del tratado llega así en un momento de revisión. La cuestión ya no es únicamente si el acuerdo contribuyó a evitar guerras entre los países de la región. La pregunta es si el modelo diplomático construido desde 1976 dispone de instrumentos suficientes para responder a conflictos internos, crisis humanitarias y presiones exteriores que afectan al conjunto del Sudeste Asiático.

Myanmar expone los límites de la no intervención

La situación de Myanmar constituye la principal contradicción del modelo de convivencia de la ASEAN. El bloque defiende la soberanía de sus miembros y evita intervenir directamente en su política interna, una regla que durante décadas permitió mantener el diálogo entre gobiernos con sistemas políticos muy diferentes. Sin embargo, ese mismo principio ha dificultado la adopción de medidas eficaces contra la junta militar y la búsqueda de una salida negociada al conflicto.

Tras el golpe de 2021, los líderes regionales aprobaron el denominado Consenso de Cinco Puntos. El plan reclamaba el cese inmediato de la violencia, el inicio de conversaciones entre las partes, el nombramiento de un enviado especial, la prestación de ayuda humanitaria y una visita diplomática a Myanmar. La iniciativa sigue siendo la principal referencia de la ASEAN, pero su aplicación ha quedado bloqueada por la falta de cooperación de los militares. 

Las consecuencias superan las fronteras de Myanmar. Naciones Unidas estima que en 2026 más de 16 millones de personas necesitan asistencia humanitaria y que más de 4 millones han sido desplazadas. La violencia, los ataques contra civiles, la inseguridad alimentaria y las dificultades de acceso para las organizaciones humanitarias han agravado una emergencia que afecta también a los países vecinos. Los datos actualizados están recogidos en el Plan de Necesidades y Respuesta Humanitaria de Naciones Unidas para Myanmar.

El conflicto también ha expuesto una diferencia interna dentro de la ASEAN. Algunos gobiernos reclaman una posición más firme contra la junta, mientras otros priorizan el mantenimiento de los canales de comunicación y rechazan las sanciones o la presión pública. El resultado ha sido una respuesta basada en declaraciones, negociaciones y restricciones diplomáticas limitadas, sin una estrategia capaz de obligar a los militares a aceptar el plan regional.

La exclusión de los principales representantes políticos de la junta de algunas reuniones de alto nivel supone una medida relevante dentro de una organización poco inclinada al castigo. Sin embargo, la ASEAN no cuenta con mecanismos comparables a los de otras organizaciones regionales para imponer decisiones, aplicar sanciones comunes o suspender plenamente a un miembro. Su funcionamiento depende del consenso, lo que permite preservar la unidad, pero también facilita que las decisiones más exigentes sean rebajadas o retrasadas.

La crisis de Myanmar plantea por tanto un problema que va más allá de la actuación de la junta. El conflicto obliga a decidir si la no intervención debe mantenerse como una norma casi absoluta o si existen situaciones en las que la violencia interna, los desplazamientos masivos y el deterioro humanitario justifican una acción colectiva más contundente.

China y Estados Unidos trasladan su pulso a la región

La dificultad para resolver la crisis de Myanmar coincide con el aumento de la competencia entre China y Estados Unidos. El Sudeste Asiático ocupa una posición central en ese enfrentamiento por su peso económico, sus rutas marítimas, sus cadenas de suministro y su proximidad a puntos de tensión como Taiwán y el mar de China Meridional.

Para Pekín, la región representa un mercado prioritario, una vía de acceso al océano Índico y una pieza central de sus proyectos de infraestructuras. China mantiene importantes relaciones comerciales con los países de la ASEAN, financia carreteras, ferrocarriles, puertos y proyectos energéticos, y utiliza su influencia económica para consolidar su presencia política.

Estados Unidos busca contrarrestar esa expansión mediante acuerdos de defensa, ejercicios militares, inversiones y una cooperación más estrecha con aliados como Filipinas. Washington también pretende fortalecer sus relaciones con otros gobiernos regionales sin exigirles una alineación completa contra China. Un análisis del programa para el Sudeste Asiático del Center for Strategic and International Studies explica la evolución de esta competencia y la pérdida gradual de ventaja estadounidense en algunos ámbitos: el pulso entre Estados Unidos y China por la influencia en la ASEAN.

La mayoría de los países del Sudeste Asiático evita elegir abiertamente entre Pekín y Washington. China es un socio económico difícil de sustituir, mientras Estados Unidos sigue siendo un actor esencial para la seguridad regional. Los gobiernos intentan obtener inversiones, acceso comercial y cooperación militar de ambas potencias sin integrarse en un bloque cerrado.

Esa estrategia permite mantener cierto margen de autonomía, pero resulta cada vez más difícil ante la intensificación de las disputas. En el mar de China Meridional, las reclamaciones territoriales de Pekín se enfrentan a las de varios países de la región. Las maniobras navales, los incidentes entre embarcaciones y el fortalecimiento de la cooperación militar entre Estados Unidos y Filipinas aumentan el riesgo de una escalada.

El desafío para la ASEAN consiste en conservar una posición central en la arquitectura regional y evitar que las principales decisiones se adopten fuera de sus instituciones. El bloque organiza foros en los que participan China, Estados Unidos, Japón, India, Rusia, Australia y la Unión Europea, pero reunir a todas las partes no implica disponer de capacidad para condicionar sus acciones.

Cincuenta años después, las reglas ya no son suficientes

El tratado de 1976 no creó una autoridad supranacional ni un sistema automático de sanciones. Su principal aportación fue establecer unas normas compartidas de comportamiento y generar espacios permanentes de diálogo. El texto completo puede consultarse en la página oficial del Tratado de Amistad y Cooperación de la ASEAN.

Durante cinco décadas, estas reglas permitieron gestionar diferencias sin romper la cooperación regional. Países con disputas territoriales, regímenes políticos distintos y relaciones exteriores enfrentadas mantuvieron abiertos los canales diplomáticos. La ampliación del tratado a potencias externas también reforzó su valor como declaración de compromiso con la resolución pacífica de los conflictos.

Ese éxito no elimina sus limitaciones. El modelo fue diseñado principalmente para evitar enfrentamientos entre Estados, no para detener una guerra civil dentro de uno de sus miembros. Tampoco fue concebido para gestionar una rivalidad estructural entre dos potencias con capacidad militar, económica y tecnológica muy superior a la de cualquier país de la región. Hace 50 años, el objetivo era impedir que los países del Sudeste Asiático volvieran a enfrentarse entre sí. Hoy, el desafío es distinto: evitar que las divisiones internas y la competencia exterior reduzcan a la ASEAN a un actor secundario en su propia región.

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Lula y Milei trasladan la guerra fría latinoamericana al Mercosur

Javier Milei viajó a Brasil, pero no para reunirse con el Gobierno del principal socio comercial de Argentina. El presidente argentino participó en São Paulo en el lanzamiento de la candidatura presidencial de Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, y utilizó el acto para cargar contra Luiz Inácio Lula da Silva y las instituciones brasileñas.

La respuesta de Brasilia superó el intercambio habitual de declaraciones. El Gobierno brasileño llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires y convocó al representante diplomático argentino para pedir explicaciones. El episodio elevó una relación personal inexistente a una crisis entre los dos Estados con mayor peso político y económico de Sudamérica.

La disputa no se limita a la hostilidad entre dos dirigentes situados en polos ideológicos opuestos. Detrás de las descalificaciones aparece una divergencia sobre el lugar que deben ocupar Argentina, Brasil y el Mercosur en un escenario internacional marcado por el regreso de Donald Trump, la expansión económica de China y la competencia entre las grandes potencias.

Brasil pretende conservar margen para negociar con distintos actores sin quedar subordinado a ninguno. Milei ha convertido la cercanía con Trump y con las derechas radicales internacionales en uno de los elementos centrales de su política exterior. La crisis bilateral expone, por tanto, dos proyectos incompatibles para organizar la región.

Milei convierte Brasil en otro frente de su batalla cultural

La presencia de Milei en el acto de Flávio Bolsonaro supone un salto respecto a sus anteriores enfrentamientos con Lula. El presidente argentino no se limitó a expresar una preferencia política desde Buenos Aires, sino que intervino en el inicio de la campaña de uno de los principales adversarios del Gobierno brasileño.

El candidato bolsonarista presentó el respaldo de Milei, del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y de otros referentes conservadores como una demostración de apoyo internacional. El argentino apareció así no como representante institucional de un país vecino, sino como miembro de una red política que comparte candidatos, discursos y adversarios.

Esta forma de actuar diluye la separación entre política exterior y militancia partidista. En la diplomacia convencional, los gobiernos mantienen relaciones con otros Estados con independencia del signo político de sus presidentes. Milei introduce otra lógica: sus aliados prioritarios son los dirigentes ideológicamente próximos, aunque estén en la oposición, y sus adversarios son los gobiernos progresistas, aunque administren países esenciales para Argentina.

El problema no reside únicamente en que Milei apoye a un candidato extranjero. Su intervención se produce en unas elecciones en las que Lula y el bolsonarismo vuelven a representar dos concepciones enfrentadas de la democracia brasileña. Jair Bolsonaro permanece apartado del poder tras su implicación en el intento de revertir el resultado electoral de 2022, mientras su hijo trata de conservar su legado político.

La diplomacia brasileña multiplica sus alianzas

La política exterior de Lula no consiste en sustituir la influencia estadounidense por una dependencia de China. Brasil intenta diversificar sus relaciones comerciales y diplomáticas para reducir la capacidad de cualquier potencia de condicionar sus decisiones.

Brasilia mantiene su participación en los BRICS, refuerza los vínculos con Pekín y reivindica el papel del llamado Sur Global, pero también impulsa acuerdos con Europa, Asia y otras economías occidentales. El objetivo es utilizar el tamaño de Brasil y el peso conjunto del Mercosur para negociar desde una posición de mayor autonomía.

El acuerdo de asociación entre la Unión Europea y el Mercosur, firmado en enero de 2026 tras décadas de negociaciones, encaja en esa estrategia. También lo hacen las conversaciones con Corea del Sur y el interés brasileño por avanzar en una relación comercial entre el bloque sudamericano y China.

Brasil no plantea una elección excluyente entre Washington y Pekín. Su estrategia consiste en relacionarse con ambos, ampliar mercados y evitar que un alineamiento automático limite sus opciones. Un análisis del Centro Brasileño de Relaciones Internacionales define esta orientación como una política de alianzas múltiples, reforzada por la vuelta de Trump a la Casa Blanca y por el aumento de las tensiones comerciales.

La respuesta de Lula a los nuevos aranceles estadounidenses refleja ese planteamiento. El presidente brasileño ha rechazado las presiones de Washington, pero ha mantenido abierta la posibilidad de negociar. Brasil pretende preservar la relación con Estados Unidos sin aceptar que esa relación determine sus vínculos con China o su política regional.

Milei alinea Argentina con Trump y Netanyahu

La estrategia de Javier Milei parte de criterios distintos a los de Brasil. El presidente argentino ha situado la relación con Estados Unidos, la cercanía con Donald Trump y el respaldo al Gobierno de Benjamin Netanyahu en el centro de su proyección internacional. No presenta esos vínculos únicamente como asociaciones diplomáticas, sino como la pertenencia a un bloque político enfrentado al progresismo, al multilateralismo y a buena parte de los organismos regionales.

La relación con Netanyahu ocupa un lugar especialmente visible. Milei ha convertido a Israel en uno de sus aliados prioritarios, ha defendido públicamente la actuación del Ejecutivo israelí y mantiene su compromiso de trasladar la Embajada argentina a Jerusalén. Durante su visita de abril de 2026, ambos mandatarios anunciaron los llamados Acuerdos de Isaac, una iniciativa destinada a ampliar la cooperación entre Israel y países del continente americano.

El vínculo también tiene una dimensión ideológica. Milei identifica el apoyo a Israel con la defensa de los valores occidentales y judeocristianos, una formulación habitual en las nuevas derechas internacionales. Esa posición lo aproxima a Netanyahu y a Trump, pero también reduce la distancia entre las decisiones diplomáticas del Estado argentino y las preferencias personales y políticas de su presidente.

La coincidencia de ambos dirigentes en el lanzamiento electoral de Flávio Bolsonaro mostró el alcance de esa red. El candidato brasileño presentó los apoyos de Milei y Netanyahu como avales internacionales de su proyecto, junto al legado político de Jair Bolsonaro. No se trata necesariamente de una organización formal o coordinada, sino de una convergencia entre líderes que comparten adversarios, discursos y una concepción similar de las alianzas internacionales.

Milei ha tratado así de convertir Argentina en uno de los principales apoyos latinoamericanos de un eje compuesto por Washington, el Gobierno israelí y las derechas radicales de la región. Esa red comparte posiciones económicas distintas, pero coincide en la oposición a las izquierdas, las políticas climáticas, determinadas instituciones supranacionales y los límites impuestos por los acuerdos multilaterales.

La diferencia con Lula da Silva no es únicamente ideológica. También afecta al funcionamiento de las relaciones internacionales. Brasil intenta utilizar su peso económico para negociar con distintos centros de poder. Milei confía más en las relaciones bilaterales, la afinidad personal entre mandatarios y la división del escenario internacional entre aliados y adversarios.

Este modelo puede proporcionar respaldo político y financiero en momentos determinados, pero reduce el margen argentino para equilibrar sus relaciones. La cercanía con Washington y Jerusalén condiciona la posición de Buenos Aires ante China, Brasil y los organismos regionales, aunque esos actores sigan siendo fundamentales para la economía argentina.

El Mercosur como campo de batalla

La divergencia entre Lula y Milei encuentra su principal escenario en el Mercosur. El bloque fue construido alrededor de la cooperación entre Brasil y Argentina, pero sus dos mayores economías discrepan ahora sobre la función que debe desempeñar.

Para Brasil, el Mercosur multiplica su capacidad negociadora. Un mercado regional más amplio permite afrontar conversaciones comerciales con la Unión Europea, China, Corea del Sur o Canadá desde una posición más favorable. Brasilia también considera el bloque una herramienta de estabilidad política y una base para su liderazgo sudamericano.

Milei percibe sus normas como una restricción. Su Gobierno reclama mayor libertad para alcanzar acuerdos bilaterales y cuestiona la obligación de mantener una política comercial común. Desde esta perspectiva, el bloque puede convertirse en un obstáculo para una apertura unilateral o para un entendimiento preferente con Estados Unidos.

La discusión no es administrativa. Una flexibilización amplia alteraría el funcionamiento del Mercosur y reduciría la capacidad de sus miembros para negociar conjuntamente. También podría provocar que las mercancías procedentes de países con acuerdos bilaterales entrasen en el mercado regional a través del socio con menos barreras.

La contradicción es que Milei necesita el Mercosur al mismo tiempo que cuestiona sus fundamentos. Argentina se beneficia del acceso al mercado brasileño, especialmente en sectores industriales que no disponen de alternativas inmediatas. El Gobierno argentino puede reclamar autonomía comercial, pero no puede ignorar los costes de debilitar el espacio económico en el que operan numerosas empresas del país.

Brasil, el socio al que Milei no puede sustituir

Brasil no es un socio intercambiable para Argentina. La cercanía geográfica, las cadenas industriales compartidas y el volumen del comercio bilateral han construido una dependencia que no desaparece por una decisión presidencial. En 2025, los intercambios entre ambos países rondaron los 31.200 millones de dólares, con un peso destacado de la industria automovilística.

Las plantas argentinas y brasileñas forman parte de redes de producción integradas. Vehículos, piezas y componentes atraviesan la frontera varias veces durante el proceso industrial. Una crisis prolongada puede retrasar inversiones, elevar costes y debilitar sectores que ya afrontan la competencia de productores extrarregionales.

La dependencia, además, no es completamente simétrica. Brasil dispone de una economía mayor, un mercado interior más amplio y más capacidad para diversificar socios. Argentina está más expuesta a las consecuencias de una degradación de la relación bilateral.

Ese desequilibrio explica que las estructuras administrativas hayan seguido funcionando pese a la ruptura entre los presidentes. La cooperación aduanera, empresarial y judicial no se ha detenido. Brasil también ha evitado por ahora dejar sin dirección permanente su embajada en Buenos Aires.

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La revolución de Mamdani comienza en el supermercado

La revolución de Mamdani comienza en el supermercado

El socialismo de Zohran Mamdani empieza con una decisión fácil de entender: vender carne, pescado, fruta, leche, huevos y otros alimentos básicos a precios inferiores a los de las grandes cadenas. El alcalde de Nueva York ha anunciado que los cinco supermercados de propiedad municipal que su Administración quiere abrir antes de 2029 ofrecerán una cesta de productos esenciales con un descuento del 30%.

La medida pretende ahorrar a los hogares alrededor de 90 dólares al mes, unos 1.000 dólares anuales, según los cálculos del Ayuntamiento. La rebaja estará disponible para todos los clientes, con independencia de sus ingresos, y afectará a los productos frescos, la carne, el pescado y unas veinte categorías adicionales de alimentación básica. El primer establecimiento está previsto para finales de 2027 en Hunts Point, en el Bronx

Los establecimientos serán de propiedad municipal, aunque su funcionamiento diario quedará en manos de operadores privados seleccionados mediante concurso. Estos gestores se ocuparán de la plantilla, el abastecimiento, la organización de los productos y la actividad comercial. El Ayuntamiento aportará la infraestructura y fijará las condiciones que permitan mantener la rebaja.

No es, por tanto, la nacionalización del comercio alimentario ni una sustitución general de los supermercados privados. Es una opción pública dentro del mercado, diseñada para funcionar con costes inmobiliarios más bajos y sin la obligación de maximizar el beneficio de sus propietarios. Ese modelo híbrido ayuda a entender el socialismo de Mamdani. El alcalde no propone eliminar de un día para otro la actividad privada, sino emplear los recursos municipales para condicionar su funcionamiento. En lugar de esperar que las cadenas reduzcan voluntariamente sus márgenes, la ciudad pretende ofrecer precios alternativos y estables.

La medida permite entender qué tipo de dirigente es Mamdani y por qué su discurso ha conseguido conectar con una parte amplia de Nueva York. Su socialismo no se presenta mediante grandes teorías. Se explica hablando del alquiler, del precio del autobús, de las guarderías o de cuánto cuesta llenar la nevera.

Veni, vidi, vici

Hace poco más de un año, Mamdani era un diputado estatal de 33 años prácticamente desconocido fuera de los círculos progresistas. Su candidatura a la alcaldía parecía tener pocas opciones frente a Andrew Cuomo, antiguo gobernador de Nueva York, miembro de una de las familias políticas más poderosas del estado y favorito inicial en las primarias demócratas.

Mamdani lo derrotó. En la ronda final del sistema de voto preferencial, obtuvo el 56% de los votos, frente al 44% de Cuomo. Recibió más de 573.000 apoyos y se convirtió oficialmente en el candidato demócrata a la alcaldía. 

La sorpresa se confirmó en noviembre de 2025. Mamdani volvió a imponerse a Cuomo, que concurrió como independiente, y fue elegido alcalde. Ganó en cuatro de los cinco distritos de la ciudad y construyó una coalición en la que tuvieron un peso especial los jóvenes, los inquilinos, los nuevos votantes y personas que acudían por primera vez a las urnas. También logró apoyos en barrios que habían votado a Donald Trump.

Se convirtió así en el primer alcalde musulmán de Nueva York, el primero de origen surasiático y el más joven en ocupar el cargo en más de un siglo. Pero la clave de su victoria no estuvo solamente en su biografía. Estuvo en haber centrado toda la campaña en una pregunta muy concreta: ¿quién puede permitirse seguir viviendo en Nueva York? Su campaña evitó dispersarse. Habló de alquileres congelados, autobuses gratuitos, guarderías, salarios y alimentos

Mamdani testa la nueva comunicación política antes que Europa. EP.